domingo, 13 de enero de 2013

Pidiendo a un desconocido




Año 2 Número 6


“Quien se quiera vanagloriar, que se vanaglorie de entenderme y conocerme. Porque yo soy el Señor, que hago misericordia, imparto justicia y hago valer el derecho en la tierra, porque estas cosas me complacen.»”  Jeremías 9:23

¿Le pedirías algo importante a un desconocido? ¿Confiarías tu vida o la de tus hijos a alguien de quien no sabes nada?

¿Cuando le pides a Dios, sabes con quién hablas? ¿conoces en verdad las posibilidades que existen de que te responda?

¿Te has preguntado: porqué me va a responder a mí?

Transcribo palabras de un hombre de oración, porque sería pecar de pedante si pretendo mejorar su tan bien explicada razón por la que orar. Dijo E.M. Bounds:
                                                                                                  “Los propósitos maravillosos necesitan oraciones maravillosas para ser ejecutados. Las promesas que producen milagros necesitan oraciones para ser cumplidas. Solo la oración divina puede operar promesas divinas o llevar a cabo propósitos divinos. ¡Cuán grandes, cuán sublimes y cuán exaltadas son las promesas que Dios hace a su pueblo! ¡Cuán eternos son los propósitos de Dios!

Sin embargo, nuestras oraciones son demasiado cortas y débiles como para ejecutar los propósitos, o para reclamar las promesas de Dios con el poder adecuado. ¿Por qué estamos tan empobrecidos en nuestra experiencia y vivimos en un nivel tan bajo cuando las promesas de Dios son “preciosas y magníficas”? ¿Por qué los eternos propósitos de Dios se mueven tan tardíamente? ¿Por qué son tan pobremente ejecutados? Fracasamos en cuanto a apropiarnos de las promesas divinas y hacer descansar nuestra fe en ellas, y orar con fe es la solución. “No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones”.

La oración está basada en el propósito y en la promesa de Dios. Orar es someterse a Dios. La oración no tiene ningún lamento en contra de la voluntad de Dios. Puede clamar contra la amargura y el terrible peso de una hora de angustia indecible: “Si es posible, pase de mí esta copa”. Sin embargo, está sobrecargada con la sumisión más definida y más dulce, “Pero no sea como yo quiero, sino como tú”.
La oración en su forma habitual y en su corriente profunda, es una conformidad consciente de la voluntad de Dios, basada en la promesa directa de su Palabra, y bajo la luz y la aplicación del Espíritu Santo. Nada es más seguro que La Palabra de Dios como fundamento de la oración.

Oramos solo cuando creemos en La Palabra de Dios. Está basada directa y específicamente en las promesas de Dios reveladas en Cristo Jesús.”

La respuesta a las preguntas de arriba es que tienes que conocer a Dios, tienes que conocer sus promesas, contenidas en Su Palabra, para creer. Si no lees la Biblia, si no te enteras de los cientos de promesas que contiene, ¿cómo vas a pedir con seguridad?

Es posible que no tengas tiempo, es posible que vivas aceleradamente, y aunque para ti sea válido el decirlo como excusa, seguirás sin conocerlo y sin tener confianza en El.

Así que ya sea en el bus, o cuando esperas a alguien o en la fila del cine, o de la oficina pública, lee la Biblia, entérate de todo lo que hay disponible para tí en las arcas celestiales.

¿Quieres orar conmigo?
 Padre mío y Dios mío, pon en mi la sed por tu palabra, que dentro de mí crezca el deseo de conocerte, hazme entender que amarte es recibir tu amor, y con él, las promesas que tienes para mí. Enseñame que debo hacer para que mis oraciones sean respondidas. Responde esta misma oración que estoy haciendo ahora, mostrándome tu gracia, tu misericordia y tu perdón. Hazme entender que obedecerte es permanecer en tí.
En el Nombre de Jesús. 
Amén

Bendiciones
Tu hermano en Cristo
Roosevelt Altez

http://poderdeoracion.blogspot.com/       http://iglesiaheroesdelafe.org/
email: raltez@gmail.com

sábado, 12 de enero de 2013

Soltemos las ligaduras



Año 2 Número 5

Soltemos las ligaduras

“«¡Vamos a quitarnos sus cadenas! ¡Vamos a librarnos de sus ataduras!»”  Salmo 2:3

¿No es lo que las personas queremos? ¿Ser libres?
Pero en el caso del versículo de arriba no es así. Los que gritan desaforados por esa liberación son los pueblos de la tierra, son las naciones conspirando. Son los poderosos del mundo  haciendo alianzas, son los caudillos, los líderes, que declaran a toda voz esas proclamas.

 Pero, ¿ liberarse de quién?
De Dios y su Ungido, Cristo.

¿Es posible?
Solo mira alrededor y responde.

El pecado más común, tan común que ya “no es” pecado, es el egoismo. El idolatrarnos nosotros mismos.
No bastaba que las mujeres gastaran lo que no tienen en ponerse bellas, ahora los hombres son llamados “metro sexuales”, es decir exaltadores de su persona, acicalándose para acentuar su atractivo, en una sociedad donde el lucir bien es la premisa fundamental. Es decir, fijar la atención en nuestra propia persona, por encima de todos los demás, de todas las cosas.

EL egoísmo es la motivación satánica, es lo que trae aparejado la mayoría de las desgracias del mundo.
El diablo, Lucifer (ángel de luz), el más hermoso de los ángeles, observando el poder y majestad del Todopoderoso, tuvo celos de la Gloria de Dios, e instigó la rebelión entre el resto de los seres angélicos, de los cuales un tercio se le sumó.
Los celos son manifestación de la inseguridad y la insatisfacción, al no poder ser lo que creemos que son los demás.

Cuando no sabes cuál es tu propósito en este mundo, algo feo crece dentro de tí. Pierdes la alegría, y comienzas a envidiar a aquellos que tienen lo que tú quieres.
Y asoma el espíritu de competencia, y la amargura gana tu alma y ya nada te contenta.
Eso sucede en nuestra sociedad, dentro de nuestras Iglesias. Todos quieren ser el número uno, el jefe, el patrón, el director técnico, el senador, el presidente.
  
Entonces, en nuestro deseo de ser el número uno, nosotros codiciamos, deseamos, ansiamos, y competimos para lograr el estatus aquel que parece darle todo al tipo que está encima nuestro.
Queremos poseer, tener, comprar, acumular.
¿Qué necesita el hombre para ser feliz?  Un poco más de lo que tiene.
La actitud de un corazón así es el sentimiento de satanás, que dijo: “Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo”
Isaías 14:13-14

Entonces, ¿Que haremos, para evitar tal tentación, para salir de la maldad de pretender exaltarnos nosotros mismos?

Sencillo: Esperar en Dios.

Si no esperamos, si no tenemos paciencia, si queremos las cosas ya, de nuestro interior brotará el grito: “¡Vamos a quitarnos sus cadenas! ¡Vamos a librarnos de sus ataduras!” 
Dios te ha escuchado, puedes estar seguro de eso. No sé como expresarlo para que lo entiendas, Dios está en control, Dios conoce las intenciones de tu corazón, sabe de tus esfuerzos, de tu angustia.
No te sumes a los que se rebelan, a los amotinados, a los descreídos. Su suerte está echada y es terrible. Todos van a terminar donde el gusano nunca muere, donde el fuego nunca se apaga.
Confía en Dios, El prometió que estaría contigo, El hará.

¿Quieres orar conmigo?.
 Señor mío y Dios mío, renuncio a esa libertad de vivir sin tí. Enséñame que Tú tienes un plan para mí, que tu voluntad es perfecta. No quiero rebelarme contra Tí ni contra Cristo. Quiero sentir tu amor, y tener la seguridad de que estás en control, aprender a esperar, con la certeza de que el futuro que tienes para mí es el que necesito. Líbrame de todo poder de las tinieblas, aleja al diablo y sus huestes de mí y de mi familia, que tu soberana voluntad se haga en nosotros. Hazme conocer la verdad, esa que nos hace verdaderamente libres.
En el Nombre de Jesús. 
Amén

Bendiciones
Tu hermano en Cristo
Roosevelt Altez

viernes, 11 de enero de 2013

Una guerra en la que no podemos descuidarnos



Asunto de vida o muerte

“Finalmente, hermanos, un favor les pido por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu: apóyenme con sus oraciones ante Dios” Romanos 15:30

El apóstol Pablo sabía como orar con todo su ser.
El pedido de ser apoyado en su oraciones va más allá de las palabras. Si nos adentramos en la vida del varón de Dios, vemos que él se dedicaba por completo al Señor, y esto solo se puede hacer mediante el consistente, pertinaz, hábito de orar.

Es la misma dedicación que necesita un soldado para estar listo para entrar en batalla. Cuando se entrena, busca perfeccionarse, endurecerse, responder por reflejo a las amenazas, para que, cuando lo necesite, su cuerpo y mente estén listos para entrar de lleno en el conflicto, en combate.

No nos confundamos ni por un segundo, la batalla espiritual es una batalla de vida o muerte. Es más, estamos hablando de una vida que se prolonga luego de nuestro corto pasaje por este mundo. La vida o muerte espirituales son eternas.

Recordemos lo que el mismo Pablo nos dice en su Carta a los Efesios: “La batalla que libramos no es contra gente de carne y hueso, sino contra principados y potestades, contra los que gobiernan las tinieblas de este mundo, ¡contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes!” Capítulo 6 versículo 12

El soldado de Cristo está continuamente involucrado en ese combate mortal. El no orar, el no permanecer en contacto con Dios, es perder terreno, es sufrir heridad que pueden ser mortales. Es caer en manos de un enemigo despiadado que no solamente quiere triunfar sobre nosotros, su objetivo es destruir a cada ser humano, es enviar al infierno a toda criatura hecha a la imagen y semejanza de Dios.

El triunfo depende de la fuerza, de la dedicación que pongamos en la oración, herramienta primordial en la lucha.

Pero no solamente es esforzarse, no desmayar, continuar hacia la meta, sacando fuerzas de una fe que no ve con ojos humanos, sino que con vista espiritual avizora las cosas que están más allá de lo natural, de nuestra reducida realidad circundante. El orar es acumular beneficios, tesoros en el cielo. Es como pagar un seguro, una cuota mutual, para que cuando necesitemos, las bendiciones desciendan sobre nosotros.

Orar de todo corazón, teniendo en mente que somos propiedad de Dios, es el secreto.

¿Quieres orar conmigo?.
 Amado Padre, queremos agradecerte que nos eduques sobre la importancia de permanecer en oración. Te pedimos que, como propiedad tuya que somos, nos cuides y protejas de las garras del maligno. Enséñanos a estar alerta y orar en todo tiempo, de buscarte de día y de noche, de decir con el salmista: “así como el ciervo brama por las Corrientes de agua, asi clama por tí, oh Dios, el alma mía”. Pon en nuestro entendimiento que lo cotidiano no debe quitar de nuestra vista lo más importante, Tu Presencia.   

En el Nombre de Jesús. 
Amén
Bendiciones
Tu hermano en Cristo
Roosevelt Altez

jueves, 10 de enero de 2013

Casa de Cristal




Año 2 Número 3
La Casa de Cristal

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios..” 1 Corintios 2:10

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” Hebreos 4:12

Imaginémonos por un momento que vivimos en una casa de cristal, que todo lo que hacemos dentro es visible desde el exterior.
Las hermosas paredes transparentes dejan pasar la luz del día, a través de ellas podemos apreciar lo que los otros miembros de la familia hacen, unos están en la cocina, otros en el dormitorio, otros en el comedor, estudiando, cantando, comiendo.

La casa es bellísima, imagínate, una casa de cristal

Pero…
Si no limpiamos, desde fueran verán la suciedad, si no tenemos los muebles y los enseres en su lugar, desde fuera verán el desorden. Si nuestro comportamiento es licencioso o indecente, todo está a la vista.

¿Cómo nos sentiríamos?

Hagamos una pausa

Ahora digamos que nosotros somos esa casa. Nuestro cuerpo y nuestra mente son transparentes para Dios. Todo lo ve, todo lo aprecia, nada le pasa desapercibido.

Como se dice en inglés: Got the picture?

Pero el “digamos” es innecesario. 
Esta es la pura verdad, Dios todo lo ve. Y todo lo que hacemos o decimos está anotado en un libro para el tiempo que tengamos que dar cuenta.

No es nuestra intención el advertir que estamos al descubierto cuando hacemos algo malo. No.

Veamos el pasaje de la primera carta a los corintios que lo dice: ¿No saben que ustedes son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? (V.3:16)

Entonces no es, como decía Teresa de Avila, el alma del justo, sino el palacio donde el Rey tiene sus deleites. Pero no es un rey, es El Rey. 

¿Es posible? ¿El propio Dios habitando en nuestra casa?
Así es.

El Rey del Universo deleitándote en la sabiduría que con El llega, con la limpieza, y todos los bienes que corresponden a un rey, perdón, al Rey.

No somos capaces de entender a cabalidad el significado, pero tratemos. Es demasiado maravilloso para recibirlo de una vez, entonces agarrémosnos de lo que podemos discernir.

No se si a tí te ha pasado, ya sea en tu casa o en tu trabajo, en tu ciudad, o en la iglesia, o en un evento en el que has ayudado. Llega alguien importante, todo se barre, todo se limpia, se colocan flores, se adornan los lugares por los que va a pasar, y se le prepara la mejor habitación, el mejor lugar disponible. Se revisa cada rincón para que no haya ni una pizca de suciedad, se lava y se plancha todo. Se acondicionan las ventanas,  los vidrios quedan inmaculados, se alisan las cortinas, se lustran las puertas, y se dispone personal de servicio intachable. Algunos se encargan de que no se moleste al invitado a menos que llame.

¿Lo recuerdas? Así es.

Ahora translademos el ejemplo a nuestro ser interior.
Cuando Dios y Jesús, mediante el Espíritu Santo, vienen a vivir en nosotros. ¿Qué morada le hemos preparado?
¿De qué personal, acciones, situaciones, pensamientos, le rodeamos?
Recordemos que todo lo ve.
Agreguemos que ese que viene a vivir en nosotros fue el mismo que nos creó a su imagen y semejanza. 

¿Entiendes?

Cuando te creó, El sabía que en algún momento vendría a morar en tí, que lo ibas a invitar. Es una de las razonas por la que puso tanto esmero al hacerte.

Y se regocijó sobremanera cuando lo invitaste.

Tanto es así, que cuando aceptaste a Jesús hubo fiesta en el Cielo.

-Vamos, no bromees- dices tú.
-No lo crees.
Espera, lee atentamente lo que el mismísimo Dios Hijo afirmó: “Yo les digo a ustedes que el mismo gozo hay delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” Lucas 15:10.

A esta altura es necesario formularnos algunas preguntas:
¿Qué le ofrecemos a Dios cuando viene a vivir a este Castillo de Cristal que es nuestro cuerpo y nuestra alma?
¿Qué pensamientos, ideas, expresiones, se generan en nuestro ser y salen de nosotros?

Si nuestra mente puede absorber, deglutir y rumiar permanentemente la idea que somos morada del Espíritu Santo, y que cada pensamiento, palabra, deseo, ansia, sentimiento, es percibida por El, ¿qué tan grande será el cambio que se opere en nosotros?

Y si no te crees capaz de hacerlo solo o sola, no te entristezcas, porque El mismo dijo: “Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” Mateo 28:20

¿Quieres orar conmigo?.
 Amado Señor, hasta hoy no me había dado cuenta de que tú estás dentro de mí, que vives en lo más profundo de mi ser, y que debo ofrecerte una casa limpia y ordenada. Perdóname por no darte hasta hoy lo que tú mereces como Rey del Universo que eres. Necesito que me ayudes a poner todo en orden y a presentarte diariamente esta morada impecable, mientras Tú prepares mi propia morada celestial para el tiempo que me toque ir a vivir contigo.  Aunque la idea de saberte conmigo es demasiado maravillosa para mí, te pido que me ayudes a comprender ese amor que me das, y a vivir de acuerdo al invitado que tengo en mi casa de cristal. Señor, te amo y te necesito. Asísteme, aconséjame, y muéstrame mis errores para poder vivir a la altura de la Persona invitada, que es el Espíritu Santo.
En el Nombre de Jesús.  
Amén

Bendiciones
Tu hermano en Cristo
Roosevelt Altez

miércoles, 9 de enero de 2013

Esperando respuesta a mis oraciones




Año 2 Número 2
Esperando respuesta a mis oraciones

“Hubiera yo desmayado, si no hubiera creído que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. Espera al Señor; Esfuérzate y aliéntese tu corazón. Sí, espera al Señor.” Salmo 27:13-14

¿Leíste los dos versículos?
Hazme un favor, léelos de nuevo.
Pero lentamente.
Respira hondo. Exhala el aire sin prisas, siente como fluye lentamente fuera de tus pulmones.
Analiza las palabra.
¿O quieres que lo hagamos juntos? Bien, ahí vamos.
Usemos expresiones cotidianas y en vez de “hubiera yo desmayado” digamos…  me sentía desfallecer, casi renuncio a esperar. En lugar de mirar la tierra que me sostuvo hasta este momento, estaba con mi atención puesta en el abismo que se abría delante de mí. Imposible de pasar, imposible de salvar. Todas los caminos alternos cortados.
Las posibles soluciones, pensadas y repensadas, dadas vueltas, desmenuzadas, no funcionaban.
“Si no hubiera creído”
Hagamos una pausa. Esta palabra hay que deletrearla.
Es esencial: creído, CREER.
¿Creer en qué?
En que la bondad de Dios se manifiesta cuando oramos, cuando pedimos.
Tú dices:
 -Muchos cuandos, pero ¿cuándo?
 -Te entiendo.
Y el salmista también, por eso dice enseguida: “en la tierra de los vivientes”
Esto es, en el mundo que tú y yo llamamos real. En esta tierra; exacto, en esa tierra que no miras porque tienes tu vista fija en el abismo que se abre delante de tí.

Pero nuestro héroe, el que escribió los versos de arriba, creyó.
Repite conmigo, CREER
Esa es la llave, la que abre la puerta a lo invisible, a lo inesperado, a lo asombroso.
De pronto, el abismo ya no está, en su lugar se extiende una pradera de ensueño.
Afirma tu pie.  Camina sobre ella.
Es real.
Esperar es la expresión que sigue.
 ESPERAR.
 Es una odiosa palabra. No debería existir.
Esperar las calificaciones de un examen en el colegio. Esperar los resultados de una prueba de HIV. Esperar que venga el bus. Esperar que me llame quien amo y por quien no duermo. Esperar por el trabajo al que mandé el curriculum.
Esperar. Esperar. Esperar.
 -Difícil,
Dímelo a mí.
Queremos todo ya.
Y a la medida de nuestros deseos. A veces tardamos años en percatarnos de que lo que queríamos – y gracias a Dios no sucedió- no era bueno para nosotros.
Pero la mayor parte del tiempo lo olvidamos. Perdimos un examen, estudiamos de nuevo, y más, lo salvamos. Ya pasó (obviamos confesar que ahora sabemos del asunto y que antes no entendíamos nada).
¿Me sigues?
¿Estás esperando  justo ahora que el Señor intervenga en algo que te inquieta, o en la vida de un ser querido?
¿Dios se demora?
Dice el salmista: “Esfuérzate y aliéntate, un poco más, y ya viene”
La urgencia es muchas veces mal consejera. Dios sabe lo que hay por delante, nosotros no.
Ajusta tu actitud. Y si piensas que es un mal consejo, escucha el de tu mente: “patrañas, lo quiero ya”, tú elijes.
Dios te ama tanto que no puede dejar que suceda a tu manera.

¿Le darías una navaja afilada a un niño de cinco años porque grita y llora que la quiere? ¿Dejarías a esa persona que amas concurrir a una fiesta donde sabes que se distribuye droga, que personas con Sida frecuentan habitaciones donde se inyectan con agujas sin esterilizar?
Claro que no.
Entonces ajusta tu actitud, mientras esperas la respuesta de Dios.
¿Qué tan apremiante es lo apremiante?
¿Lo es tanto para quitar la mirada del que da las soluciones y enfocarte en la solución?
Me  corrijo: ¿En lo que tú crees que es la solución?
Mira a Dios. De nuevo. Mira a Dios. ¿No lo ves?
Otra vez.
Sí, es su mano.
 Su mano extendida hacia tí.
Y fíjate atentamente. Sí, fíjate en la palma.
Recorre las huellas de esa mano que extrajo de la tierra de Egipto a un pueblo esclavizado. Y mientras lo haces, también recuerda que esa misma, enorme mano, abrió las aguas del mar, y las mantuvo separadas para que pasara el pueblo hebreo.
Y si observas atentamente, hay un nombre escrito.
No se nota lo que dice.
Acércate más.
¿Cómo?. ¿Es tu nombre?
Imposible.
Lee de nuevo. Si, es tu nombre.
“Yo te llevo grabado en las palmas de mis manos” Isaías 49:16
Es tiempo de preguntar: ¿Haría oídos sordos a tu oración aquel que se tomó el trabajo de grabar tu nombre en sus manos?
Pero espera, hay más.
“Señor, tú me has examinado y me conoces; tú sabes cuando me siento o me levanto;

¡desde lejos sabes todo lo que pienso! Salmo 139: 1-2
¿Qué?
¿Conoce desde donde está lo que te sucede?
¿Y no te contesta?
Pero sigue: “Hace ya mucho tiempo, el Señor se hizo presente y me dijo: Yo te amo con amor eterno” Jeremías 31:3-5
¿Pensaste en eso? Dios es eterno, por eso te ama con amor eterno.
Ahora el golpe de gracia.
“Todavía no tengo las palabras en la lengua, ¡y tú, Señor, ya sabes lo que estoy por decir!  Tu presencia me envuelve por completo; la palma de tu mano reposa sobre mí” Salmo 139:4-5
 -¿Confundido, confundida, asombrados?
 -No puede ser. No. No entiendo
¿No entiendes?
Yo tampoco.
Y el salmista menos. Fíjate lo que dice a continuación: “Saber esto rebasa mi entendimiento; ¡es tan sublime que no alcanzo a comprenderlo!” Salmo 139:6
En otras palabras, no entiendo pero me aferro a tí. Suficientes credenciales son tu amor y mi nombre escrito en tu mano.
Y llegamos al tiempo de oración, pero antes debo felicitarte.
Ahora mismo te has focalizado en Dios, y has dejado de hacerlo en el problema.
Esa es la actitud correcta.
Cierra los ojos conmigo, mientras miramos al Altisimo, a nuestro Amado Padre.
Oremos: Amado Señor, perdóname por no entender todo lo que me amas. Tu eterno amor es algo demasiado maravilloso para mí. Vengo a tí a dejarme cubrir por tu mano, por esa palma que tiene mi nombre grabado en ella. Vengo a refugiarme en tu regazo. A abandonarme a Tí. Tú conoces mis luchas, mis problemas, y en particular éste que ha motivado que te busque con desesperación. Te confieso que estaba desesperado, pero ahora sé que tu tienes el control. Dame fuerzas para seguir esperando. Auxíliame en este difícil momento. Mientras, espero y creo.
En el nombre de Jesús.
Amén
Bendiciones
Tu hermano en Cristo
Roosevelt Altez

martes, 8 de enero de 2013

Permanece en oración



“Si permaneceis en mi y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que querais, y os será hecho” Juan 15:7
                El privilegio de recibir es eso, un privilegio. Y se les otorga a los hijos de Dios. Entonces: ¿Quiénes son los hijos de Dios?
Veamos: “Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios” Juan 1:12

En este pasaje radica el porqué muchos no reciben lo que piden. Porque no han asumido que para que las oraciones sean contestadas deben reconocer que Jesús es el Señor, recibirlo como su Salvador, y permanecer en El.

Ahora, si tú has hecho todo esto, entonces continua leyendo. 
Si no, comienza por recibir a Cristo en tu corazón.

La gracia de Dios, ese regalo divino inmerecido, no distribuye los dones a quienes no los aprecian, tal como no se le da dinero a un bebé de dos años. Al venir a Cristo somos salvados porque nos unimos a El, pero es por permanecer en esta unión que somos purificados, que recibimos gozo, que somos bendecidos. Todo esto está en Cristo, y no precisamente para quedárselo, sino para otorgarlo a manos llenas a su pueblo. A tí y a mí.

Pero no conocemos la verdad, no conocemos a Dios, ni a Jesús en el instante de aceptarlo. Es un proceso de maduración espiritual. Las cadenas que nos atan al viejo “yo”, se van rompiendo una a una, a medida que nos adentramos en el amor de Dios, que es en Cristo Jesús.
El secreto es hacerle lugar a Nuestro Salvador en nuestro interior. Juan el bautista lo expresó magistralmente en una corta frase: “Es necesario que El crezca, y que yo disminuya” Juan 3:30.
Cuando Jesús comienza a crecer en tu interior entiendes el significado del pasaje del principio. Entiendes lo que significa “pidan”.
El Señor no dice que serás lleno de inteligencia para conocer los vericuetos de como obtener lo que Dios tiene para tí. No dice “aprende a ser santo, puro y sin mancha y luego te concederé la habilidad de obtener lo que deseas.
No
Dos ideas son imprescindibles de entender,
 la primera: Permanecer en Cristo,
 y la segunda: Pedir.

Mediante una vida de oración, Dios te concede todas las cosas en su Hijo.
Puede que tengas dificultad en entender que es permanecer en Cristo. Es permanecer en oración, es establecer una relación permanente con Dios, mediante la comunión diaria con su Hijo. 

Ora en todo tiempo. Ora hasta que no lo consideres aburrido. Ora en las cosas simples. Da gracias por eso que crees que te pertenece, porque nada es tuyo. Da gracias al salir de la casa, y al entrar. Dar gracias es un excelente principio de oración.
Que la oració deje de ser una obligación y pase a ser una necesidad. Permanece en Cristo.
¿Que no sabes orar?
¿Sabes quiénes oran mejor? Los niños. Su transparencia no busca fluidez, no elabora frases pomposas. Dicen: Jesús, trae a papito a casa, o tengo hambre. Simple.
Una oración  puede ser un gemido, pueden ser lágrimas con un “no puedo más, Señor ayúdame”
El Señor dijo: Yo soy la vid y ustedes las ramas. ¿De dónde cuelgan los racimos? Claro, de las ramas, de los sarmientos. ¿Pero de dónde viene el alimento?, del pie de la viña, de la raíz. La oración es lo que te une a la raíz, y de allí llegan las respuestas a tus pedidos. Pedid todo lo que queráis y os sera hecho.
Finalmente, nunca dejes de orar ni de pedir, tu imaginación no puede contener lo que Dios tiene guardado para tí.

Oremos juntos: Padre Celestial, tú enviastes a tu Hijo a morir por nosotros, en El Tú prometiste darnos todas las cosas. Enséñame a vivir en Cristo, enséñame a depender de tí, dame fuerzas para permanecer, dame voluntad para venir a tí en cada momento de mi vida. Que tu Santo Espíritu me guíe en la oración. Ayúdame a disminuir para que Cristo crezca en mí.

En el nombre de Jesús.
Amén

Bendiciones
Tu hermano en Cristo
Roosevelt Altez